El encargo
- Muy bien, señor. Estaré allí a la una -dijo mientras colgaba el teléfono-.
Preparó su maletín. Contó por tercera vez el dinero con el cual debía pagar el trabajo y se dirigió a su habitación para colocarse ropa "adecuada" para salir sin levantar la menor sospecha. Al sentarse sobre el colchón de su cama vaciló un instante. No le parecía sensato lo que estaba a punto de hacer. Su orgullo profesional le indicaba que el acto en el que estaba a punto de verse involucrado desdibujaba toda traza que, en el marco de una ética y de una estética, había construído a fuerza de luchas contra sus propios supuestos y en contra de sus saberes. Pero se sentía acorralado. Las obligaciones administrativas de la institución le imponían plazos rigurosos, insoslayables y determinantes para el éxito en la profesión. Las sensaciones de bronca y de tristeza se mezclaban como si un mixer le licuara los ojos al punto de nublarle la vista.
Se incorporó y se dirigió hacia el ropero. Seleccionó un pantalón negro de vestir y una polera oscura de lana que le había tejido su abuela. De la cajonera tomó una gorra, también de lana, también negra, y un par de guantes de cuero negro de cabretilla con un botón para sujetar, en el puño. Volvió sobre sus pasos y, sentándose en un banquito junto a la cama, comenzó a prepararse vistiéndose a un ritmo muy lento, como si esperara que "algo" exterior a él lo obligase a detenerse y a desistir de la idea de salir. Pero a esas horas de la noche nada ni nadie podía interrumpir. Con los cordones de los borceguíes de cuero negro sujetados se levantó y se dirigió hacia la mesa de luz para sacar del cajón un pañuelo. Al abrirlo, se encontró con un revolver calibre "38 largo" que su abuelo atesoraba desde 1927 y que, antes de morir, le había regalado. Lo observó con detenimiento como si telepáticamente estuviera comunicándose con el arma de fuego. El refusilo del cromado del cañón parecía imnotizarlo. Su mano derecha suspendida en el aire a mitad de camino, temblando, indecisa, dubitativa, húmeda, intentaba alcanzarlo. El Sí y el No luchaban dentro de él por imponerse. Pero la duda se adueñaba de todo y condicionaba su respiración. Por más que quisiera no podía romper la inercia, dar el primer paso. Todo movimiento era inútil. Petrificado, con la imagen borrosa del "38", apretó los dientes, se secó las lágrimas con el pañuelo, tomó el arma y salió.
La lluvia era intensa. Las calles de la ciudad eran verdaderos espejos de agua lo cual obligaba a los escasos conductores que andaban a esas horas de la noche a circular a baja velocidad. La luz roja del semáforo obligó la detención de su auto. Por el espejo retrovisor vio como las luces de un auto aumentaban su tamaño hasta detenerse inmediatamente detrás de él. De reojo, sin mover la cabeza, observó la silueta oscura del conductor y una brasa incandescente a la altura de sus labios que variaba su intensidad. En ese instante pensó lo peor: ¡Alguien se había enterado de la operación que aquella noche se iba a realizar! ¡Alguien de su entorno lo había delatado! ¿Pero, quién? Pensaba en sus compañeros de trabajo. Repasaba la lista virtual que tenía en mente una y otra vez pero no se decidía por alguna de las personas que estaban en ella. Insistía, realizando hipótesis para averiguarlo. Se preguntaba y respondía a sí mismo hablando sólo cual loco, pero por nada del mundo quitaba la vista del espejo retrovisor.
Tres fuertes golpes de nudillos en los cristales de su ventanilla le entumecieron los músculos de todo el cuerpo. Apretó fuertemente el volante con ambas manos, estiró repentinamente las piernas provocando la aceleración y el frenado del auto simultáneamente y, giró violentamente la cabeza hacia la izquierda poniendo cara de susto y sorpresa al mismo tiempo. –Señor: ¿tiene una moneda? –preguntó un joven con voz enérgica intentando superar el ruido que el agua producía al golpear el vidrio-. La respuesta no se hizo esperar. Un ¡NO!, terminante y por triplicado, le dio a entender al muchacho, con vaivenes de cabeza. Colocó la vista al frente y arrancó en tercera dejando atrás al semáforo en verde y a su supuesto perseguidor, quien giró a la derecha en la primera intersección de calles. Colocó música en el estéreo, con el afán de morigerar la situación, y continuó manejando hasta que llegó al lugar acordado.
El puente ferrocarrilero, que atravesaba perpendicularmente la calle de tierra por encima de ésta, ensombrecía toda la zona y le daba el marco ideal para llevar a cabo la maniobra. Ocultándose de la luz de la luna, un auto estacionado debajo del puente, aguardaba la llegada. El chofer descendió y abrió la puerta trasera izquierda permitiendo el descenso de una persona menuda, de aproximadamente un metro con sesenta centímetros de altura. Un sombrero al estilo Charles Chaplin y un sobretodo, con largas solapas en alto, que rozaba el suelo, ocultaban la identidad del misterioso personaje. Caminó cruzando la calle con paso ligero y, en apariencia, algo impaciente.
- ¿Trajo el dinero? –preguntó con fina voz, como si se tratara de una mujer-.
- Sí. Aquí está –respondió Coco, inmediatamente, extendiendo la mano izquierda con los billetes-.
- Tome. Está todo tal cual lo pidió –dijo la mujer adelantándole un sobre de papel madera y recibiendo la paga, la cual fue contada inmediatamente por un asistente quien se acercó trotando apenas ella extendiera el brazo con el dinero, hacia atrás-.
- Pero… Yo esperaba otra cosa. ¡Esto no me sirve! –respondió Coco luego de sacar del sobre la documentación que éste contenía-.
- ¿Cómo que no le sirve? –inquirió la mujer absorta-. Siempre lo hacemos así –agregó esperando convencerlo-.
- ¡No, no, no! ¡Yo les encargué una planificación de literatura, no una de lengua! –respondió efusivo mostrando las hojas blancas con la parrilla y los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales que en ellas figuraban-.
- ¿Acaso nos va a decir usted cómo es que tenemos que hacer nuestro trabajo? –dijo la mujer cruzándose de brazos y levantando apenas el mentón-. ¡Años tenemos en esto! ¡Años haciendo lo mismo, de la misma forma y siempre nos dio resultado! –agregó girando apenas la cabeza hacia la izquierda e inclinándose hacia adelante mirándolo por el sesgo-.
- Mire señora: a mí no me interesa cómo es que hacen ustedes las cosas… En realidad, sí me interesa, pero no por ahora, ¿no sé si me entiende? Yo quiero trabajar con literatura –y antes que continuara, lo interrumpió-
- ¡Pero cómo se le ocurre! ¡Literatura en la primaria! –dijo la mujer, alarmada por lo que acababa de escuchar, mientras se agarraba los pelos de su cabeza con ambas manos-. En el primer ciclo no tiene sentido pues apenas pueden leer de corrido algunas oraciones. Recién en tercero puede ser pero… con lo del manual es suficiente, para eso está, ¿no? –terminó la frase esperando que Coco coincidiera con ella-.
- El manual no es literatura. Es un conjunto de fragmentos de textos (en el mejor de los casos). Yo quiero presentarles a los alumnos la obra completa, con el autor y su biografía, con el contexto de producción, con la editorial…
- ¡Pero eso no enseña, querido! ¡Primero hay que enseñar las letras, luego las sílabas, las palabras, y así sucesivamente hasta legar a la comprensión de texto, extrayendo la idea principal, eh! –sentenció la doña que ya se estaba ganando la antipatía de Coco-.
- ¡Ah, claro. Usted me habla desde la psicolingüística a ultranza! ¡Y yo, en este caso, le hablo desde las teorías comunicativa y sociocultural, respectivamente! ¡Por eso no nos entendemos! –cerró Coco, la idea, colocando paños fríos a la situación-.
- Sí, desde donde sea. Pero insisto, con el manual alcanza. Además allí, usted puede trabajar con las fábulas… ¡Vio que a los niños les encantan los animales! -dijo y esbozó una sonrisa que Coco no acompañó-.
- ¡Usted está hablando de ética y yo, de literatura, señora! –aclaró Coco antes que oscurezca del todo-
El guardaespaldas, con el dinero en la mano, estaba presto a intervenir en caso de que fuera necesario. Los ademanes de Coco provocaban la verborragia de la mujer quien intentaba sacar chapa de “toro campeón de la planificación” pues, en su haber docente, había más de una veintena de años simples.
- Hablo del futuro de los niños. Hablo de pensar en un mundo mejor para ellos, en un mun… -interrumpió Coco impaciente-.
- ¡Precisamente, es eso lo que la literatura permite: imaginarse otros mundos o bien, mejorar éste! ¡Y el docente acompañando ese proceso! ¿Andamiaje, le dice algo? –preguntó Coco con poca inocencia-
- ¡Claro que me dice algo! –“recogió el guante”, la maestra-. Me dice que debo enseñarles valores. Que debo mostrarles lo que es bueno y lo que es malo. Por eso la fábula. –y abrió los brazos cual sacerdote que pide al cielo-.
- Creo que estamos en sintonías distintas. –dijo Coco resignado y preocupado, no tanto por lo infructuosa de la discusión sino, porque la planificación no le serviría para su trabajo. Y continuó-. Yo le hablo de la lectura por placer, no por obligación. Hablo de leer literatura sin tener que, luego de la misma, resolver cuestionarios que justifiquen el tiempo empeñado –finalizó Coco meneando la cabeza mientras miraba el suelo-.
- ¡No sé! ¡El trabajo está hecho! –dijo la mujer del sobretodo y el sombrero. Y se fue-.
La lluvia había parado. Manejando de regreso a su casa, la preocupación lo embargaba. Estaba arrepentido de haber encargado aquel trabajo, de haber sido tan ingenuo al creer que iban a interpretar correctamente su pedido. El fraude no era su fuerte. Por lo general, las veces que lo había intentado, le salió mal.
Eran las tres de la madrugada. Acostado en su cama, mirando en el techo las figuras que formaban las sombras que entraban por la ventana de la habitación, pensaba en cómo resolver el problema de la planificación porque sabía que se la pedirían para controlarla y aprobarla. Otra vez, todo volvía a depender de él.
El despertador sonó y Coco se levantó para ir a trabajar. Luego del desayuno tomó su maletín, metió dentro de él una planificación de literatura y salió.
Arnaldo Arias
- Muy bien, señor. Estaré allí a la una -dijo mientras colgaba el teléfono-.
Preparó su maletín. Contó por tercera vez el dinero con el cual debía pagar el trabajo y se dirigió a su habitación para colocarse ropa "adecuada" para salir sin levantar la menor sospecha. Al sentarse sobre el colchón de su cama vaciló un instante. No le parecía sensato lo que estaba a punto de hacer. Su orgullo profesional le indicaba que el acto en el que estaba a punto de verse involucrado desdibujaba toda traza que, en el marco de una ética y de una estética, había construído a fuerza de luchas contra sus propios supuestos y en contra de sus saberes. Pero se sentía acorralado. Las obligaciones administrativas de la institución le imponían plazos rigurosos, insoslayables y determinantes para el éxito en la profesión. Las sensaciones de bronca y de tristeza se mezclaban como si un mixer le licuara los ojos al punto de nublarle la vista.
Se incorporó y se dirigió hacia el ropero. Seleccionó un pantalón negro de vestir y una polera oscura de lana que le había tejido su abuela. De la cajonera tomó una gorra, también de lana, también negra, y un par de guantes de cuero negro de cabretilla con un botón para sujetar, en el puño. Volvió sobre sus pasos y, sentándose en un banquito junto a la cama, comenzó a prepararse vistiéndose a un ritmo muy lento, como si esperara que "algo" exterior a él lo obligase a detenerse y a desistir de la idea de salir. Pero a esas horas de la noche nada ni nadie podía interrumpir. Con los cordones de los borceguíes de cuero negro sujetados se levantó y se dirigió hacia la mesa de luz para sacar del cajón un pañuelo. Al abrirlo, se encontró con un revolver calibre "38 largo" que su abuelo atesoraba desde 1927 y que, antes de morir, le había regalado. Lo observó con detenimiento como si telepáticamente estuviera comunicándose con el arma de fuego. El refusilo del cromado del cañón parecía imnotizarlo. Su mano derecha suspendida en el aire a mitad de camino, temblando, indecisa, dubitativa, húmeda, intentaba alcanzarlo. El Sí y el No luchaban dentro de él por imponerse. Pero la duda se adueñaba de todo y condicionaba su respiración. Por más que quisiera no podía romper la inercia, dar el primer paso. Todo movimiento era inútil. Petrificado, con la imagen borrosa del "38", apretó los dientes, se secó las lágrimas con el pañuelo, tomó el arma y salió.
La lluvia era intensa. Las calles de la ciudad eran verdaderos espejos de agua lo cual obligaba a los escasos conductores que andaban a esas horas de la noche a circular a baja velocidad. La luz roja del semáforo obligó la detención de su auto. Por el espejo retrovisor vio como las luces de un auto aumentaban su tamaño hasta detenerse inmediatamente detrás de él. De reojo, sin mover la cabeza, observó la silueta oscura del conductor y una brasa incandescente a la altura de sus labios que variaba su intensidad. En ese instante pensó lo peor: ¡Alguien se había enterado de la operación que aquella noche se iba a realizar! ¡Alguien de su entorno lo había delatado! ¿Pero, quién? Pensaba en sus compañeros de trabajo. Repasaba la lista virtual que tenía en mente una y otra vez pero no se decidía por alguna de las personas que estaban en ella. Insistía, realizando hipótesis para averiguarlo. Se preguntaba y respondía a sí mismo hablando sólo cual loco, pero por nada del mundo quitaba la vista del espejo retrovisor.
Tres fuertes golpes de nudillos en los cristales de su ventanilla le entumecieron los músculos de todo el cuerpo. Apretó fuertemente el volante con ambas manos, estiró repentinamente las piernas provocando la aceleración y el frenado del auto simultáneamente y, giró violentamente la cabeza hacia la izquierda poniendo cara de susto y sorpresa al mismo tiempo. –Señor: ¿tiene una moneda? –preguntó un joven con voz enérgica intentando superar el ruido que el agua producía al golpear el vidrio-. La respuesta no se hizo esperar. Un ¡NO!, terminante y por triplicado, le dio a entender al muchacho, con vaivenes de cabeza. Colocó la vista al frente y arrancó en tercera dejando atrás al semáforo en verde y a su supuesto perseguidor, quien giró a la derecha en la primera intersección de calles. Colocó música en el estéreo, con el afán de morigerar la situación, y continuó manejando hasta que llegó al lugar acordado.
El puente ferrocarrilero, que atravesaba perpendicularmente la calle de tierra por encima de ésta, ensombrecía toda la zona y le daba el marco ideal para llevar a cabo la maniobra. Ocultándose de la luz de la luna, un auto estacionado debajo del puente, aguardaba la llegada. El chofer descendió y abrió la puerta trasera izquierda permitiendo el descenso de una persona menuda, de aproximadamente un metro con sesenta centímetros de altura. Un sombrero al estilo Charles Chaplin y un sobretodo, con largas solapas en alto, que rozaba el suelo, ocultaban la identidad del misterioso personaje. Caminó cruzando la calle con paso ligero y, en apariencia, algo impaciente.
- ¿Trajo el dinero? –preguntó con fina voz, como si se tratara de una mujer-.
- Sí. Aquí está –respondió Coco, inmediatamente, extendiendo la mano izquierda con los billetes-.
- Tome. Está todo tal cual lo pidió –dijo la mujer adelantándole un sobre de papel madera y recibiendo la paga, la cual fue contada inmediatamente por un asistente quien se acercó trotando apenas ella extendiera el brazo con el dinero, hacia atrás-.
- Pero… Yo esperaba otra cosa. ¡Esto no me sirve! –respondió Coco luego de sacar del sobre la documentación que éste contenía-.
- ¿Cómo que no le sirve? –inquirió la mujer absorta-. Siempre lo hacemos así –agregó esperando convencerlo-.
- ¡No, no, no! ¡Yo les encargué una planificación de literatura, no una de lengua! –respondió efusivo mostrando las hojas blancas con la parrilla y los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales que en ellas figuraban-.
- ¿Acaso nos va a decir usted cómo es que tenemos que hacer nuestro trabajo? –dijo la mujer cruzándose de brazos y levantando apenas el mentón-. ¡Años tenemos en esto! ¡Años haciendo lo mismo, de la misma forma y siempre nos dio resultado! –agregó girando apenas la cabeza hacia la izquierda e inclinándose hacia adelante mirándolo por el sesgo-.
- Mire señora: a mí no me interesa cómo es que hacen ustedes las cosas… En realidad, sí me interesa, pero no por ahora, ¿no sé si me entiende? Yo quiero trabajar con literatura –y antes que continuara, lo interrumpió-
- ¡Pero cómo se le ocurre! ¡Literatura en la primaria! –dijo la mujer, alarmada por lo que acababa de escuchar, mientras se agarraba los pelos de su cabeza con ambas manos-. En el primer ciclo no tiene sentido pues apenas pueden leer de corrido algunas oraciones. Recién en tercero puede ser pero… con lo del manual es suficiente, para eso está, ¿no? –terminó la frase esperando que Coco coincidiera con ella-.
- El manual no es literatura. Es un conjunto de fragmentos de textos (en el mejor de los casos). Yo quiero presentarles a los alumnos la obra completa, con el autor y su biografía, con el contexto de producción, con la editorial…
- ¡Pero eso no enseña, querido! ¡Primero hay que enseñar las letras, luego las sílabas, las palabras, y así sucesivamente hasta legar a la comprensión de texto, extrayendo la idea principal, eh! –sentenció la doña que ya se estaba ganando la antipatía de Coco-.
- ¡Ah, claro. Usted me habla desde la psicolingüística a ultranza! ¡Y yo, en este caso, le hablo desde las teorías comunicativa y sociocultural, respectivamente! ¡Por eso no nos entendemos! –cerró Coco, la idea, colocando paños fríos a la situación-.
- Sí, desde donde sea. Pero insisto, con el manual alcanza. Además allí, usted puede trabajar con las fábulas… ¡Vio que a los niños les encantan los animales! -dijo y esbozó una sonrisa que Coco no acompañó-.
- ¡Usted está hablando de ética y yo, de literatura, señora! –aclaró Coco antes que oscurezca del todo-
El guardaespaldas, con el dinero en la mano, estaba presto a intervenir en caso de que fuera necesario. Los ademanes de Coco provocaban la verborragia de la mujer quien intentaba sacar chapa de “toro campeón de la planificación” pues, en su haber docente, había más de una veintena de años simples.
- Hablo del futuro de los niños. Hablo de pensar en un mundo mejor para ellos, en un mun… -interrumpió Coco impaciente-.
- ¡Precisamente, es eso lo que la literatura permite: imaginarse otros mundos o bien, mejorar éste! ¡Y el docente acompañando ese proceso! ¿Andamiaje, le dice algo? –preguntó Coco con poca inocencia-
- ¡Claro que me dice algo! –“recogió el guante”, la maestra-. Me dice que debo enseñarles valores. Que debo mostrarles lo que es bueno y lo que es malo. Por eso la fábula. –y abrió los brazos cual sacerdote que pide al cielo-.
- Creo que estamos en sintonías distintas. –dijo Coco resignado y preocupado, no tanto por lo infructuosa de la discusión sino, porque la planificación no le serviría para su trabajo. Y continuó-. Yo le hablo de la lectura por placer, no por obligación. Hablo de leer literatura sin tener que, luego de la misma, resolver cuestionarios que justifiquen el tiempo empeñado –finalizó Coco meneando la cabeza mientras miraba el suelo-.
- ¡No sé! ¡El trabajo está hecho! –dijo la mujer del sobretodo y el sombrero. Y se fue-.
La lluvia había parado. Manejando de regreso a su casa, la preocupación lo embargaba. Estaba arrepentido de haber encargado aquel trabajo, de haber sido tan ingenuo al creer que iban a interpretar correctamente su pedido. El fraude no era su fuerte. Por lo general, las veces que lo había intentado, le salió mal.
Eran las tres de la madrugada. Acostado en su cama, mirando en el techo las figuras que formaban las sombras que entraban por la ventana de la habitación, pensaba en cómo resolver el problema de la planificación porque sabía que se la pedirían para controlarla y aprobarla. Otra vez, todo volvía a depender de él.
El despertador sonó y Coco se levantó para ir a trabajar. Luego del desayuno tomó su maletín, metió dentro de él una planificación de literatura y salió.
Arnaldo Arias
