jueves, 10 de octubre de 2013



El encargo


- Muy bien, señor. Estaré allí a la una -dijo mientras colgaba el teléfono-.

Preparó su maletín. Contó por tercera vez el dinero con el cual debía pagar el trabajo y se dirigió a su habitación para colocarse ropa "adecuada" para salir sin levantar la menor sospecha. Al sentarse sobre el colchón de su cama vaciló un instante. No le parecía sensato lo que estaba a punto de hacer. Su orgullo profesional le indicaba que el acto en el que estaba a punto de verse involucrado desdibujaba toda traza que, en el marco de una ética y de una estética, había construído a fuerza de luchas contra sus propios supuestos y en contra de sus saberes. Pero se sentía acorralado. Las obligaciones administrativas de la institución le imponían plazos rigurosos, insoslayables y determinantes para el éxito en la profesión. Las sensaciones de bronca y de tristeza se mezclaban como si un mixer le licuara los ojos al punto de nublarle la vista.

Se incorporó y se dirigió hacia el ropero. Seleccionó un pantalón negro de vestir y una polera oscura de lana que le había tejido su abuela. De la cajonera tomó una gorra, también de lana, también negra, y un par de guantes de cuero negro de cabretilla con un botón para sujetar, en el puño. Volvió sobre sus pasos y, sentándose en un banquito junto a la cama, comenzó a prepararse vistiéndose a un ritmo muy lento, como si esperara que "algo" exterior a él lo obligase a detenerse y a desistir de la idea de salir. Pero a esas horas de la noche nada ni nadie podía interrumpir. Con los cordones de los borceguíes de cuero negro sujetados se levantó y se dirigió hacia la mesa de luz para sacar del cajón un pañuelo. Al abrirlo, se encontró con un revolver calibre "38 largo" que su abuelo atesoraba desde 1927 y que, antes de morir, le había regalado. Lo observó con detenimiento como si telepáticamente estuviera comunicándose con el arma de fuego. El refusilo del cromado del cañón parecía imnotizarlo. Su mano derecha suspendida en el aire a mitad de camino, temblando, indecisa, dubitativa, húmeda, intentaba alcanzarlo. El Sí y el No luchaban dentro de él por imponerse. Pero la duda se adueñaba de todo y condicionaba su respiración. Por más que quisiera no podía romper la inercia, dar el primer paso. Todo movimiento era inútil. Petrificado, con la imagen borrosa del "38", apretó los dientes, se secó las lágrimas con el pañuelo, tomó el arma y salió.

La lluvia era intensa. Las calles de la ciudad eran verdaderos espejos de agua lo cual obligaba a los escasos conductores que andaban a esas horas de la noche a circular a baja velocidad. La luz roja del semáforo obligó la detención de su auto. Por el espejo retrovisor vio como las luces de un auto aumentaban su tamaño hasta detenerse inmediatamente detrás de él. De reojo, sin mover la cabeza, observó la silueta oscura del conductor y una brasa incandescente a la altura de sus labios que variaba su intensidad. En ese instante pensó lo peor: ¡Alguien se había enterado de la operación que aquella noche se iba a realizar! ¡Alguien de su entorno lo había delatado! ¿Pero, quién? Pensaba en sus compañeros de trabajo. Repasaba la lista virtual que tenía en mente una y otra vez pero no se decidía por alguna de las personas que estaban en ella. Insistía, realizando hipótesis para averiguarlo. Se preguntaba y respondía a sí mismo hablando sólo cual loco, pero por nada del mundo quitaba la vista del espejo retrovisor.

Tres fuertes golpes de nudillos en los cristales de su ventanilla le entumecieron los músculos de todo el cuerpo. Apretó fuertemente el volante con ambas manos, estiró repentinamente las piernas provocando la aceleración y el frenado del auto simultáneamente y, giró violentamente la cabeza hacia la izquierda poniendo cara de susto y sorpresa al mismo tiempo. –Señor: ¿tiene una moneda? –preguntó un joven con voz enérgica intentando superar el ruido que el agua producía al golpear el vidrio-. La respuesta no se hizo esperar. Un ¡NO!, terminante y por triplicado, le dio a entender al muchacho, con vaivenes de cabeza. Colocó la vista al frente y arrancó en tercera dejando atrás al semáforo en verde y a su supuesto perseguidor, quien giró a la derecha en la primera intersección de calles. Colocó música en el estéreo, con el afán de morigerar la situación, y continuó manejando hasta que llegó al lugar acordado.

El puente ferrocarrilero, que atravesaba perpendicularmente la calle de tierra por encima de ésta, ensombrecía toda la zona y le daba el marco ideal para llevar a cabo la maniobra. Ocultándose de la luz de la luna, un auto estacionado debajo del puente, aguardaba la llegada. El chofer descendió y abrió la puerta trasera izquierda permitiendo el descenso de una persona menuda, de aproximadamente un metro con sesenta centímetros de altura. Un sombrero al estilo Charles Chaplin y un sobretodo, con largas solapas en alto, que rozaba el suelo, ocultaban la identidad del misterioso personaje. Caminó cruzando la calle con paso ligero y, en apariencia, algo impaciente.

- ¿Trajo el dinero? –preguntó con fina voz, como si se tratara de una mujer-.

- Sí. Aquí está –respondió Coco, inmediatamente, extendiendo la mano izquierda con los billetes-.

- Tome. Está todo tal cual lo pidió –dijo la mujer adelantándole un sobre de papel madera y recibiendo la paga, la cual fue contada inmediatamente por un asistente quien se acercó trotando apenas ella extendiera el brazo con el dinero, hacia atrás-.

- Pero… Yo esperaba otra cosa. ¡Esto no me sirve! –respondió Coco luego de sacar del sobre la documentación que éste contenía-.

- ¿Cómo que no le sirve? –inquirió la mujer absorta-. Siempre lo hacemos así –agregó esperando convencerlo-.

- ¡No, no, no! ¡Yo les encargué una planificación de literatura, no una de lengua! –respondió efusivo mostrando las hojas blancas con la parrilla y los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales que en ellas figuraban-.

- ¿Acaso nos va a decir usted cómo es que tenemos que hacer nuestro trabajo? –dijo la mujer cruzándose de brazos y levantando apenas el mentón-. ¡Años tenemos en esto! ¡Años haciendo lo mismo, de la misma forma y siempre nos dio resultado! –agregó girando apenas la cabeza hacia la izquierda e inclinándose hacia adelante mirándolo por el sesgo-.

- Mire señora: a mí no me interesa cómo es que hacen ustedes las cosas… En realidad, sí me interesa, pero no por ahora, ¿no sé si me entiende? Yo quiero trabajar con literatura –y antes que continuara, lo interrumpió-

- ¡Pero cómo se le ocurre! ¡Literatura en la primaria! –dijo la mujer, alarmada por lo que acababa de escuchar, mientras se agarraba los pelos de su cabeza con ambas manos-. En el primer ciclo no tiene sentido pues apenas pueden leer de corrido algunas oraciones. Recién en tercero puede ser pero… con lo del manual es suficiente, para eso está, ¿no? –terminó la frase esperando que Coco coincidiera con ella-.

- El manual no es literatura. Es un conjunto de fragmentos de textos (en el mejor de los casos). Yo quiero presentarles a los alumnos la obra completa, con el autor y su biografía, con el contexto de producción, con la editorial…

- ¡Pero eso no enseña, querido! ¡Primero hay que enseñar las letras, luego las sílabas, las palabras, y así sucesivamente hasta legar a la comprensión de texto, extrayendo la idea principal, eh! –sentenció la doña que ya se estaba ganando la antipatía de Coco-.

- ¡Ah, claro. Usted me habla desde la psicolingüística a ultranza! ¡Y yo, en este caso, le hablo desde las teorías comunicativa y sociocultural, respectivamente! ¡Por eso no nos entendemos! –cerró Coco, la idea, colocando paños fríos a la situación-.

- Sí, desde donde sea. Pero insisto, con el manual alcanza. Además allí, usted puede trabajar con las fábulas… ¡Vio que a los niños les encantan los animales! -dijo y esbozó una sonrisa que Coco no acompañó-.

- ¡Usted está hablando de ética y yo, de literatura, señora! –aclaró Coco antes que oscurezca del todo-

El guardaespaldas, con el dinero en la mano, estaba presto a intervenir en caso de que fuera necesario. Los ademanes de Coco provocaban la verborragia de la mujer quien intentaba sacar chapa de “toro campeón de la planificación” pues, en su haber docente, había más de una veintena de años simples.

- Hablo del futuro de los niños. Hablo de pensar en un mundo mejor para ellos, en un mun… -interrumpió Coco impaciente-.

- ¡Precisamente, es eso lo que la literatura permite: imaginarse otros mundos o bien, mejorar éste! ¡Y el docente acompañando ese proceso! ¿Andamiaje, le dice algo? –preguntó Coco con poca inocencia-

- ¡Claro que me dice algo! –“recogió el guante”, la maestra-. Me dice que debo enseñarles valores. Que debo mostrarles lo que es bueno y lo que es malo. Por eso la fábula. –y abrió los brazos cual sacerdote que pide al cielo-.

- Creo que estamos en sintonías distintas. –dijo Coco resignado y preocupado, no tanto por lo infructuosa de la discusión sino, porque la planificación no le serviría para su trabajo. Y continuó-. Yo le hablo de la lectura por placer, no por obligación. Hablo de leer literatura sin tener que, luego de la misma, resolver cuestionarios que justifiquen el tiempo empeñado –finalizó Coco meneando la cabeza mientras miraba el suelo-.

- ¡No sé! ¡El trabajo está hecho! –dijo la mujer del sobretodo y el sombrero. Y se fue-.

La lluvia había parado. Manejando de regreso a su casa, la preocupación lo embargaba. Estaba arrepentido de haber encargado aquel trabajo, de haber sido tan ingenuo al creer que iban a interpretar correctamente su pedido. El fraude no era su fuerte. Por lo general, las veces que lo había intentado, le salió mal.

Eran las tres de la madrugada. Acostado en su cama, mirando en el techo las figuras que formaban las sombras que entraban por la ventana de la habitación, pensaba en cómo resolver el problema de la planificación porque sabía que se la pedirían para controlarla y aprobarla. Otra vez, todo volvía a depender de él.

El despertador sonó y Coco se levantó para ir a trabajar. Luego del desayuno tomó su maletín, metió dentro de él una planificación de literatura y salió.

Arnaldo Arias



La caja negra

-Por favor, inténtelo nuevamente.-

El fastidio era inocultable. Por tercera vez consecutiva, Coco, había intentado sortear este (para él) obstáculo tecnológico sin tener éxito. Resulta que el hecho de enfrentarse a una máquina en vez de a una persona, lo ponía de mal humor. Pero no se iba a dar por vencido. Respiró hondo y exhaló con fuerza logrando casi una hiperventilación, luego, despegó su brazo de la pared en la que estaba apoyado y, con dos golpes de puño cual campana de boxeo, dio inicio a un nuevo round. Entonces, presionó la tecla azul que decía “start” y el proceso se reinició.

-Bienvenido- dijo la voz androideo-femenina como si Coco recién hubiera llegado. Prepárese para ser identificado- cada vez que Coco escuchaba este anuncio imperativo instintivamente se abría de piernas como si alguien fuera a cachearlo.-

-Por favor, coloque su ojo derecho en el visor- amablemente solicitaba nadie para que el desconocido, a priori para la máquina, dejara de serlo.

Obedeciendo al pedido/orden del objeto, colocó su ojo derecho en el ocular con borde de goma negro como si se dispusiera a observar algún microorganismo en el microscopio. Por más que quisiera no podía cerrar totalmente el ojo izquierdo, posiblemente debido a los nervios que le provocaba la visita al “bunker”, tal como lo llamaban en la jerga escolar, al lugar en cuestión. No obstante, un último requisito era necesario cumplimentar antes de sortear la “cortina de hierro”: dar la propia voz.

-Por favor, coloque su dígito pulgar derecho en el sector indicado- una luz roja ovoidea destellaba señalando con precisión el lugar donde apoyar el dedo, para que Coco no se equivocara. ¡Y no se equivocó!

-Por favor, diga su nombre y apellido completo.-
-Nazareno Ángel Pérez- dijo Coco con la esperanza de que esta vez la puerta se abriera.
Un “clac” por triplicado y al unísono destrabó la blindada hoja plateada, la cual plegada contra la pared hacia adentro, permitía que un trapecio de luz se incrustara en la penumbra e indicara el angosto y largo camino que parecía alfombrado por el diablo.

¡Un paso el frente!

El sensor de movimientos cortó la rodilla transformando la noche en día. Cual estrella de cine en una entrega de los Oscars, Coco, avanzaba por la pista la cual se fugaba en un punto y daba justo con el picaporte, en forma de bocha de bronce dorada, del portal de acceso a lo que parecía ser el último bastión de la pedagogía moderna.

¡Alto!

No alcanzó a estirar su brazo para llamar a la puerta cuando esta, luego de un sonido similar al de la escotilla de un submarino despresurizándose, se abrió, sorprendiendo a Coco, quien se replegó sobre sí mismo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Parecía que “el supremo” lo estaba esperando.
A pesar de ser la primera vez que él entraba a ese lugar, se lo imaginaba amplio, con un mobiliario minimalista, despojado de ornamentos suntuosos e innecesarios, con un escritorio de caño cromado y tapa de vidrio grueso y oscuro. Era todo lo contrario. El ancho de la oficina apenas excedía al del pasillo. El escritorio era de chapa color gris con tres cajones en uno de sus costados que al abrirlos, arrastrándolos por las guías, producían un chirrido que molestaba los dientes. El mismo no era cerrado en el frente lo cual representaba una desventaja para el usuario pues, permitía ver el criterio para combinar los zapatos con las medias.

-¡Pase! ¡Pase, por favor!- con entusiasmo solicitó por fin, una voz humana.
-Permiso. Vengo a buscar la…-
-Sí, ya sé -interrumpió el menudo señor Steele con una leve sonrisa, mientras con sus manos entrelazadas jugaba a juntar y separar las yemas de sus pulgares-. Me dijo mi secretaria que hoy debía tomar un examen –continuó mientras se levantaba del voluptuoso sillón forrado en cuerina roja, que había mandado a comprar apenas iniciada su gestión. Giró sobre su eje axial dándole la espalda a Coco para enfrentarse a la caja fuerte que estaba en la pared. ¿Sabe cómo usarla? –preguntó, al tiempo que giraba la rueda que combinaba los números de la clave secreta-.
-Psssí –respondió Coco denunciándose asimismo-. La profesora de matemática me dijo cómo se hacía. Cualquier cosa le pregunto a ella –intentó tranquilizar al directivo sin demasiado éxito pues éste último, con vaivenes de cabeza, dejó claro que no se convenció.

El señor Steele cerró la caja fuerte y se volvió hacia Coco. Inclinando levemente la cabeza hacia adelante y mirándolo por encima del marco de sus anteojos, dijo: -Tenga mucho cuidado. Mejor, lea antes las instrucciones. Piense que lo que está en juego es la educación de esos chicos –concluyó señalando hacia la única salida cual era, el pasillo-. Coco asintió y se retiró.

Cual niño que lleva los anillos de boda hacia el altar, iba Coco con la caja negra sostenida por ambas manos. A paso firme se retiraba respirando lo justo como para no alterar el ambiente. En el fondo sospechaba que lo estaban vigilando. El énfasis de Steele puesto en la recomendación lo preocupaba pues, era nuevo en la escuela y no quería dejar una mala impresión debido a la impericia en el manejo del “material” que contenía la famosa caja. Además, del buen uso de la misma, dependía el futuro de la generación que conduciría los destinos de una nación, y eso a Steele le preocupaba mucho. ¿O no?

                                                                                                           Arnaldo Arias

SOÑÉ

Noche semiabierta.

Casi llegaba a la cima de aquella montaña enorme, interminable. Un pie apoyado, firme, el otro, buscando el camino que me llevaría al final de un sendero mezcla de fina tierra y filosas piedras que romperían hasta el botín más reforzado que se haya fabricado jamás.

Cielo oscuro. Estrellas tenues.

Algo las opacaba, les quitaba el brillo del cual hacen alarde los poetas, con justa razón.

Noche y día. Mi sombra no se proyectaba.

Por más que buscara, no encontraba haz de luz alguno que impactara en mi figura. La mitad de la montaña estaba oscura al igual que el valle a mis espaldas. Al otro lado algo incandescente contradecía mi realidad. Por encima de la cresta topográfica un resplandor, cual cortina de luz, dividía en dos al accidente geográfico. Pronto haría cima.

Esferas de colores. ¡Billar tridimensional!

Estáticas y suspendidas, Mercurio, Venus y la Luna, parecían estar esperándome. Tan cerca y tan grandes que casi podía tocarlas. Estiré mi mano para alcanzarlas y respondieron con un movimiento de aproximación lenta irradiando a su paso color y calor. Se detuvieron.

Bajé.

Caminé hasta quedar debajo de ellas. Tres pelotas gigantes verde esmeralda, celeste pastel y color plata, reflejaban en el suelo ralo, Mercurio, Venus y la Luna, respectivamente. Buscaba imperfecciones en sus contornos pero no las encontraba. Pulidas y lisas, cual globos de cumpleaños, permanecían en sus posiciones inmóviles, luminosas, como si tuvieran un foco en su interior.
Temblor.

Me arrodillé apoyando ambas manos en el suelo. Un ruido estremecedor similar al de un avión que está a punto de despegar, iba en aumento. ¡Era ensordecedor! Las tres bolas vibraron y se apagaron como si su filamento interior se hubiera cortado.

Calma y penumbra.

Seguía arrodillado por precaución. En un acto desesperado había intentado asirme al piso pero lo único que había obtenido fue un puñado de tierra. Cual bebé que está dando sus primeros pasos me incorporé. Sin poder verme me sacudí el polvo, justo cuando el crepúsculo me obligó a hacer un zoom óptico.

Luz roja.

El horizonte parecía venir hacia mí, con la velocidad de un rayo escaneando el suelo, copiando sus imperfecciones. Nuevamente me temblaron las piernas y caí.

¡Crash!

Una joroba roja amanecía.

Trozos de planeta volaban por los aires. Los ríos se vaciaban y caían invirtiendo su posición. Volcanes enteros esparcían su lava quemando todo cuanto esta tocaba. Árboles, montañas, tierra, mucha tierra. Ahora todo flotaba. Y Marte emergía, gigante, justo desde la costura entre el cielo y el infierno, haciendo que todo fuera rojo.

Escorado.

La inclinación acimutal aumentaba. La órbita elíptica se transformó en línea recta: directo hacia el sol. El impacto interplanetario había cambiado el rumbo de la Tierra, la cual se iba calentando exponencialmente. Mercurio, Venus y la Luna, que aún permanecían flotando a escasos metros del suelo, comenzaron a deformarse cual botella de vidrio soplándose. Finalmente, y ya con forma de gota, sus dermis se desgarraron y vertieron todo su interior inundando el valle en el que me encontraba y me arrastraron con fuerza, cual río abajo. Logré agarrarme de un viejo árbol que aún se mantenía en pie. Pero el nivel del líquido multicolor crecía cubriéndolo todo. Finalmente, la calma. Seguíamos rumbo al sol.

Luces blancas. Todo era homogéneo. 

El prisma se tornaba monocromático, pero el calor era rojo. Todo se fundía en algo imposible de decir. La materia pasaba por sus estados de agregación sin respetar etapa alguna. Asombrosamente mi cuerpo seguía igual. Todo se derretía, se gasificaba, menos yo. Miles de miles de grados se alcanzaban a percibir pero mis treinta y siete interiores seguían invariables. Cada vez más cerca, el sol era el horizonte.

Magma y fin.

Fluida, espesa y ondulante, la Tierra, era. Un espeso vapor blancuzco, cual comida de abuela, permanecía a escasos centímetros del suelo. El árbol que me sostenía se desplomó y caí junto con él al aceite blanco, pero nada me pasó. Nadé en busca de algo sólido, pero nada hallé. Todo era líquido. De pronto, como si alguien hubiera quitado el tapón de una bañera, un remanzo se formó arrastrándome hacia el centro, pero no choqué contra nada, pues nada había con que chocar. Más calor, calor y calor. Sumergido, me sentí a punto de nacer, a punto de salir de algo. Como en el ensayo, previo a la presentación de una orquesta, sentí ruidos incongruentes, dispares, incomprensibles. Ruidos que iban en aumento, como si algo atrapado buscara salir. Y yo, en aquel remolino acuoso que me hacía girar con mayor rapidez, como si tuviera patines e hiciera una figura artística. De repente se detuvo, me sentí flotar, sin nada a mi alrededor, suspendido en el oscuro espacio, estático y liviano, donde el negro todo lo dominaba. 

Me dormí.

                                                                          Arnaldo Arias



OTOÑO

La fuerza centrípeta formaba un remolino cuyo centro parecía un agujero negro del espacio. El soluto y el solvente buscaban homogeneidad con cada vuelta, con cada giro, que aquel remo metálico, cóncavo y convexo a la vez, provocaba incesantemente.

Sentado en mi jardín frente al sol del norte, veía mis párpados rojos por dentro mientras sorbo a sorbo, ingería aquella oscura y espesa infusión etiopí. Abrí los ojos y la candela me cegó, bebí una vez más y me recosté oscureciendo mi vista.

Una suelta de palomas cual globos en un evento artístico de considerable importancia interrumpió, paradójicamente, la paz que reinaba. El silbato de mi vecino, el colombófilo Defacio, las guiaba en su recorrido circular, mientras que, las hojas perennes que resisten al paso del tiempo, se mareaban al verlas pasar en formación, cual caballo es adiestrado por su maestro equitador.

La música era tenue. "Nunca me dejes caer", rezaba el coro de Depeche Mode mientras giraba en la compactera de tres bandejas que siempre estaba llena. "Nunca me dejes caer", como un ruego lanzado al aire para que Morfeo se apiadara de mí. "Nunca me dejes caer", como si Dave y yo suplicásemos seguir contemplando aquel teatro que la naturaleza había puesto a mi disposición, aquel carrusel que eclipsaba con cada giro. "Nunca me dejes caer"... y me caí.

Con un salto hacia el frente el bailarín abrió la función. Sus piernas en ángulo llano indicaban el camino, mientras que sus brazos, perpendiculares a éstas, mantenían el equilibrio. Una decena de bailarines copiaba su movimiento cortando por la diagonal al escenario, avanzando con cada paso e intercalándose simultáneamente con la decena de la diagonal contraria. Todos varones ellos, fundíanse con el sexo opuesto para formar las parejas que el cupido, detrás del telón, les había asignado. Los trajes blancos y elastizados, que contorneaban sus figuras, adoptaban los colores terrosos, que los soles artificiales desde lo alto dirigían hacia ellos. Las cortinas borravino y grancé, plegadas a ambos lados del escenario permitían el ir y venir de bailarines, como las aves que revolotean en una jaula cambian de palo, denotando una profundidad visual que atrapaba al espectador.

¡Una vuelta más!
Los David de Miguel Ángel se deslizaban sobre el parquet junto con sus bellas doncellas quienes, desprovistas de la pomposidad barroca flotaban cual astronauta en el espacio. Observados con atención por un público que en silencio se deleitaba con cada movimiento, decían sin hablar, contaban sin narrar, transportaban en un carruaje imaginario a una época opulenta, exagerada. Una época de zapatos charolados y medias blancas, de grandes sombreros y puños volados, de rostros empolvados y cuerpos encorsetados. Un tiempo lejano que, al decir de las miradas, parecía regresar.

¡Una vuelta más!
La andrómeda humana era conducida por la orquesta en la que el primer violín era la figura. Un stradivarius de excelsa fabricación que se decía y desdecía al compás del arco que besaba las cuerdas. Mezcla de soledad y tristeza, transmitía sensaciones que provocaban el desprendimiento de una lágrima desde las gradas, al tiempo que era observado con atención por los demás instrumentos. Insistía con su agudeza, mientras las parejas, arriba, se aprestaban para al final del acto.

¡Una vuelta más!
Pedían con sus miradas quienes sentados disfrutaban de la función. Una vuelta más a la calesita de sensaciones.

El círculo cromático me engañaba. El fondo rojizo se tornaba celeste al tiempo que los bailarines, difuminados por una intensa luz de fondo, se confundían con ángeles celestiales cuya aura iba en aumento.

A medida que el telón se levantaba, la luz se intensificaba y el acto parecía llegar a su fin, al tiempo que los cuerpos, seguían con su rutina sin importarles siquiera esa paradoja teatral.

¡Una vuelta más!, parecían pedir. ¡Una vuelta más!, parecían querer dar.
El paño ondulado los desafiaba en un subir y bajar intermitente que intensificaba su frecuencia.
¡Por fin el telón se izó por completo y la luz, fue insoportablemente molesta!

Todo celeste lo vi. El sol que miraba hacia el oeste y que aun entibiaba la tranquila siesta era opacado por la bandada de palomas que por enésima vez, atada a un radio, describía un círculo casi perfecto. En su vuelo iban cambiando de posición unas con otras haciendo suyas las tres dimensiones. Tan real era la imagen como tan vivo aquel ballet, que la confusión me embargó por completo.

Me incorporé y caminé hacia dentro de la casa con la taza de café a medio beber. A medida que me adentraba, la intensidad de la música, que provenía desde su interior se acrecentaba. Entré. Una vez más el dulce y triste hilo musical me dejaba con la duda. Pero esta vez, esta vez, era real.

Como un zonámbulo en medio de la noche, el sonido me conducía hacia su fuente. Agudicé la vista para reparar en el display que acusaba el giro de un disco. Me acerqué y, vi el violín, y vi a los bailarines, y vi el escenario, y vi el público, y nuevamente, vi el violín.

¡Pista número 4!
¡El invierno, había llegado!

                                                                                                                 Arnaldo Arias