SOÑÉ
Noche
semiabierta.
Casi llegaba
a la cima de aquella montaña enorme, interminable. Un pie apoyado, firme, el
otro, buscando el camino que me llevaría al final de un sendero mezcla de fina
tierra y filosas piedras que romperían hasta el botín más reforzado que se haya
fabricado jamás.
Cielo
oscuro. Estrellas tenues.
Algo las
opacaba, les quitaba el brillo del cual hacen alarde los poetas, con justa
razón.
Noche y día.
Mi sombra no se proyectaba.
Por más que
buscara, no encontraba haz de luz alguno que impactara en mi figura. La mitad
de la montaña estaba oscura al igual que el valle a mis espaldas. Al otro lado
algo incandescente contradecía mi realidad. Por encima de la cresta topográfica
un resplandor, cual cortina de luz, dividía en dos al accidente geográfico.
Pronto haría cima.
Esferas de
colores. ¡Billar tridimensional!
Estáticas y
suspendidas, Mercurio, Venus y la Luna, parecían estar esperándome. Tan cerca y
tan grandes que casi podía tocarlas. Estiré mi mano para alcanzarlas y
respondieron con un movimiento de aproximación lenta irradiando a su paso color
y calor. Se detuvieron.
Bajé.
Caminé hasta
quedar debajo de ellas. Tres pelotas gigantes verde esmeralda, celeste pastel y
color plata, reflejaban en el suelo ralo, Mercurio, Venus y la Luna,
respectivamente. Buscaba imperfecciones en sus contornos pero no las
encontraba. Pulidas y lisas, cual globos de cumpleaños, permanecían en sus
posiciones inmóviles, luminosas, como si tuvieran un foco en su interior.
Temblor.
Me arrodillé
apoyando ambas manos en el suelo. Un ruido estremecedor similar al de un avión
que está a punto de despegar, iba en aumento. ¡Era ensordecedor! Las tres bolas
vibraron y se apagaron como si su filamento interior se hubiera cortado.
Calma y
penumbra.
Seguía
arrodillado por precaución. En un acto desesperado había intentado asirme al
piso pero lo único que había obtenido fue un puñado de tierra. Cual bebé que
está dando sus primeros pasos me incorporé. Sin poder verme me sacudí el polvo,
justo cuando el crepúsculo me obligó a hacer un zoom óptico.
Luz roja.
El horizonte
parecía venir hacia mí, con la velocidad de un rayo escaneando el suelo, copiando
sus imperfecciones. Nuevamente me temblaron las piernas y caí.
¡Crash!
Una joroba
roja amanecía.
Trozos de
planeta volaban por los aires. Los ríos se vaciaban y caían invirtiendo su
posición. Volcanes enteros esparcían su lava quemando todo cuanto esta tocaba.
Árboles, montañas, tierra, mucha tierra. Ahora todo flotaba. Y Marte emergía,
gigante, justo desde la costura entre el cielo y el infierno, haciendo que todo
fuera rojo.
Escorado.
La
inclinación acimutal aumentaba. La órbita elíptica se transformó en línea recta:
directo hacia el sol. El impacto interplanetario había cambiado el rumbo de la
Tierra, la cual se iba calentando exponencialmente. Mercurio, Venus y la Luna,
que aún permanecían flotando a escasos metros del suelo, comenzaron a deformarse
cual botella de vidrio soplándose. Finalmente, y ya con forma de gota, sus
dermis se desgarraron y vertieron todo su interior inundando el valle en el que
me encontraba y me arrastraron con fuerza, cual río abajo. Logré agarrarme de
un viejo árbol que aún se mantenía en pie. Pero el nivel del líquido multicolor
crecía cubriéndolo todo. Finalmente, la calma. Seguíamos rumbo al sol.
Luces
blancas. Todo era homogéneo.
El prisma se
tornaba monocromático, pero el calor era rojo. Todo se fundía en algo imposible
de decir. La materia pasaba por sus estados de agregación sin respetar etapa
alguna. Asombrosamente mi cuerpo seguía igual. Todo se derretía, se gasificaba,
menos yo. Miles de miles de grados se alcanzaban a percibir pero mis treinta y
siete interiores seguían invariables. Cada vez más cerca, el sol era el
horizonte.
Magma y fin.
Fluida,
espesa y ondulante, la Tierra, era. Un espeso vapor blancuzco, cual comida de
abuela, permanecía a escasos centímetros del suelo. El árbol que me sostenía se
desplomó y caí junto con él al aceite blanco, pero nada me pasó. Nadé en busca
de algo sólido, pero nada hallé. Todo era líquido. De pronto, como si alguien
hubiera quitado el tapón de una bañera, un remanzo se formó arrastrándome hacia
el centro, pero no choqué contra nada, pues nada había con que chocar. Más
calor, calor y calor. Sumergido, me sentí a punto de nacer, a punto de salir de
algo. Como en el ensayo, previo a la presentación de una orquesta, sentí ruidos
incongruentes, dispares, incomprensibles. Ruidos que iban en aumento, como si
algo atrapado buscara salir. Y yo, en aquel remolino acuoso que me hacía girar
con mayor rapidez, como si tuviera patines e hiciera una figura artística. De
repente se detuvo, me sentí flotar, sin nada a mi alrededor, suspendido en el
oscuro espacio, estático y liviano, donde el negro todo lo dominaba.
Me dormí.
Arnaldo Arias
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