La caja negra
-Por favor, inténtelo
nuevamente.-
El fastidio era inocultable. Por tercera vez consecutiva,
Coco, había intentado sortear este (para él) obstáculo tecnológico sin tener
éxito. Resulta que el hecho de enfrentarse a una máquina en vez de a una persona,
lo ponía de mal humor. Pero no se iba a dar por vencido. Respiró hondo y exhaló
con fuerza logrando casi una hiperventilación, luego, despegó su brazo de la
pared en la que estaba apoyado y, con dos golpes de puño cual campana de boxeo,
dio inicio a un nuevo round. Entonces, presionó la tecla azul que decía “start”
y el proceso se reinició.
-Bienvenido- dijo
la voz androideo-femenina como si Coco recién hubiera llegado. Prepárese para ser identificado- cada
vez que Coco escuchaba este anuncio imperativo instintivamente se abría de
piernas como si alguien fuera a cachearlo.-
-Por favor, coloque su
ojo derecho en el visor- amablemente solicitaba nadie para que el
desconocido, a priori para la máquina, dejara de serlo.
Obedeciendo al pedido/orden del objeto, colocó su ojo
derecho en el ocular con borde de goma negro como si se dispusiera a observar
algún microorganismo en el microscopio. Por más que quisiera no podía cerrar
totalmente el ojo izquierdo, posiblemente debido a los nervios que le provocaba
la visita al “bunker”, tal como lo llamaban en la jerga escolar, al lugar en
cuestión. No obstante, un último requisito era necesario cumplimentar antes de
sortear la “cortina de hierro”: dar la propia voz.
-Por favor, coloque su
dígito pulgar derecho en el sector indicado- una luz roja ovoidea
destellaba señalando con precisión el lugar donde apoyar el dedo, para que Coco
no se equivocara. ¡Y no se equivocó!
-Por favor, diga su
nombre y apellido completo.-
-Nazareno Ángel
Pérez- dijo Coco con la esperanza de que esta vez la puerta se abriera.
Un “clac” por triplicado y al unísono destrabó la blindada
hoja plateada, la cual plegada contra la pared hacia adentro, permitía que un
trapecio de luz se incrustara en la penumbra e indicara el angosto y largo
camino que parecía alfombrado por el diablo.
¡Un paso el frente!
El sensor de movimientos cortó la rodilla transformando la
noche en día. Cual estrella de cine en una entrega de los Oscars, Coco,
avanzaba por la pista la cual se fugaba en un punto y daba justo con el
picaporte, en forma de bocha de bronce dorada, del portal de acceso a lo que
parecía ser el último bastión de la pedagogía moderna.
¡Alto!
No alcanzó a estirar su brazo para llamar a la puerta cuando
esta, luego de un sonido similar al de la escotilla de un submarino
despresurizándose, se abrió, sorprendiendo a Coco, quien se replegó sobre sí
mismo como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Parecía que “el supremo”
lo estaba esperando.
A pesar de ser la primera vez que él entraba a ese lugar, se
lo imaginaba amplio, con un mobiliario minimalista, despojado de ornamentos
suntuosos e innecesarios, con un escritorio de caño cromado y tapa de vidrio
grueso y oscuro. Era todo lo contrario. El ancho de la oficina apenas excedía
al del pasillo. El escritorio era de chapa color gris con tres cajones en uno
de sus costados que al abrirlos, arrastrándolos por las guías, producían un
chirrido que molestaba los dientes. El mismo no era cerrado en el frente lo
cual representaba una desventaja para el usuario pues, permitía ver el criterio
para combinar los zapatos con las medias.
-¡Pase! ¡Pase, por favor!- con entusiasmo solicitó por fin,
una voz humana.
-Permiso. Vengo a buscar la…-
-Sí, ya sé -interrumpió el menudo señor Steele con una leve
sonrisa, mientras con sus manos entrelazadas jugaba a juntar y separar las
yemas de sus pulgares-. Me dijo mi secretaria que hoy debía tomar un examen
–continuó mientras se levantaba del voluptuoso sillón forrado en cuerina roja, que
había mandado a comprar apenas iniciada su gestión. Giró sobre su eje axial
dándole la espalda a Coco para enfrentarse a la caja fuerte que estaba en la
pared. ¿Sabe cómo usarla? –preguntó, al tiempo que giraba la rueda que
combinaba los números de la clave secreta-.
-Psssí –respondió Coco denunciándose asimismo-. La profesora
de matemática me dijo cómo se hacía. Cualquier cosa le pregunto a ella –intentó
tranquilizar al directivo sin demasiado éxito pues éste último, con vaivenes de
cabeza, dejó claro que no se convenció.
El señor Steele cerró la caja fuerte y se volvió hacia Coco.
Inclinando levemente la cabeza hacia adelante y mirándolo por encima del marco
de sus anteojos, dijo: -Tenga mucho cuidado. Mejor, lea antes las
instrucciones. Piense que lo que está en juego es la educación de esos chicos –concluyó
señalando hacia la única salida cual era, el pasillo-. Coco asintió y se
retiró.
Cual niño que lleva los anillos de boda hacia el altar, iba
Coco con la caja negra sostenida por ambas manos. A paso firme se retiraba
respirando lo justo como para no alterar el ambiente. En el fondo sospechaba
que lo estaban vigilando. El énfasis de Steele puesto en la recomendación lo
preocupaba pues, era nuevo en la escuela y no quería dejar una mala impresión
debido a la impericia en el manejo del “material” que contenía la famosa caja.
Además, del buen uso de la misma, dependía el futuro de la generación que
conduciría los destinos de una nación, y eso a Steele le preocupaba mucho. ¿O
no?
Arnaldo Arias
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